Las logias funcionaron como partidos políticos embrionarios en un contexto no democrático. Dado el notable papel de la masonería mexicana, quizá podríamos aprender algo si le echamos un vistazo a su historia. En su origen, hay que distinguir los antecedentes coloniales sin documentación y lo que sería el período histórico, iniciado con la independencia, con trazos documentales.

Con respecto a lo primero, se habla de inmigrantes franceses e italianos en la capital condenados por la Inquisición debido a prácticas masónicas; de logias itinerantes dentro del Ejército español, así como de masones sueltos en el movimiento autonomista y luego independentista, que podrían ser más bien personas que simplemente compartían las ideas ilustradas francesas.

Ya con papeles en la mano, entre 1812 y 1813 se establecieron en el país las primeras logias de rito escocés, con gente de las tropas españolas que llegaban para combatir a los insurgentes, y en las que no eran admitidos los mexicanos.

En 1816 se fundó en Veracruz la primera logia del rito de York, con carta patente de la masonería de Luisiana. En la siguiente década continuó este proceso de fundación de logias escocesas y yorquinas, con un creciente enfrentamiento entre ellas, pues los escoceses coincidían con el bando más conservador, de alguna forma heredero de los españoles, mientras que los yorquinos apuntaban hacia formas más liberales y estaban más cercanos a los intereses estadounidenses.

Para quienes no veían con agrado esta dualidad, se fundó en 1825 el Rito Nacional Mexicano, con el objetivo de crear un modelo masónico propio, y al que pertenecerá más adelante Benito Juárez.

Orientación política. Se tienen así los tres ingredientes que dominaron el panorama masónico del siglo XIX en el país, con logias escocesas, yorquinas y del Rito Nacional en fuerte competencia entre sí, con visiones e intereses distintos y con una orientación claramente política, que dejaba muy poco espacio al trabajo propiamente filosófico o espiritual, si es que estaba presente.

Las logias funcionaron como partidos políticos embrionarios, a falta de los verdaderos, en un contexto no democrático.

Para la década de los sesenta, apareció el emperador Maximiliano I en escena, con una pertenencia masónica todavía discutida. En todo caso, con las tropas francesas que lo apoyaban llegaron masones dependientes del Gran Oriente de Francia, más secular, que trabajaron el rito francés.

Cuando Maximiliano cayó y fue sentenciado a morir fusilado, diversas personalidades del mundo intervinieron infructuosamente ante Juárez solicitando clemencia para él, algunas, como José Garibaldi, quizá sobre la base no dicha de una pertenencia masónica compartida entre Juárez y Maximiliano.

Otros referentes espirituales. En la última década del siglo XIX se logró por única vez la unificación forzada de las distintas obediencias masónicas en una Gran Dieta Simbólica, bajo la tutela del presidente Porfirio Díaz, también masón, pero esto no duró mucho y en 1901 colapsó.

Por aquel entonces se produjo una variación del paisaje religioso, con la aparición de nuevos referentes espirituales, a saber, el protestantismo, el espiritismo y la teosofía, que afectaron el papel de las logias masónicas, debilitadas por sus propias luchas intestinas.

A veces se establecieron alianzas entre estos grupos emergentes y los masones, como se ejemplifica muy bien en el caso de Francisco I. Madero, que fue tanto masón como espiritista.

Fue también el momento cuando llegó a México la masonería “egipcia” del rito de Menfis-Misraim, de mano del ocultista germano-mexicano Arnoldo Krumm-Heller, quien en 1913 estableció la logia Horus 13 N.° 1.

A esta logia perteneció el costarricense Rogelio Fernández Güell, colaborador de Madero, y cuando este cayó, Rogelio volvió a Costa Rica, donde se incorporó a la masonería escocesa en 1917, a la logia Hermes N.° 7, fundada por el teósofo Tomás Povedano.

De no haber sido asesinado en 1918, quizás se habría afiliado a la logia comasónica Saint-Germain, más afín a su visión, fundada por José Basileo Acuña apenas un año después.

Pérdida de influencia. Con el nuevo siglo, las logias masónicas de México vieron una pérdida de influencia en el ámbito político cada vez mayor, y pese a que siguieron vigentes, lo hicieron más bien de forma algo decorativa y un poco bajo la aureola de lo logrado en el siglo anterior, con Juárez como el gran referente.

Los tiempos eran otros, el estado posrevolucionario adoptó una ideología ultrasecular, estatista, alejada del ideario liberal que había sido el tradicional de los masones del siglo XIX.

Apenas coincidían en el laicismo y en el control eclesiástico, que se aflojaron desde los tiempos de Carlos Salinas de Gortari, quien liberó a los demonios, perdón, a los curas y monjas de sus claustros, y cuyos hábitos y sotanas hoy bambolean al viento por las calles, cual banderas piratas, en procesiones y marchas en contra ¿de la corrupción del difunto padre Maciel y compañía, la narcoviolencia o los feminicidios?, ¡no!, de la educación sexual, el aborto regulado y el matrimonio igualitario.

Ay, Juárez, ¿dónde quedaste? Al haberse generado en el país espacios de participación política como los partidos, con un contexto abierto y democrático, se volvió obsoleto el actuar secretista de las logias.

Esta es la masonería real, histórica: diversa, contradictoria (Juárez contra Maximiliano, Madero contra Díaz, Huerta contra Madero), socialmente enraizada, no la engañifa monolítica, todopoderosa, de fantasiosas conspiraciones de illuminatis de Dan Brown y autores similares, buenas para una novela de aventuras, pero no para la historia.


Fuente: https://www.nacion.com

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